Si vas a empezar a estudiar Economía en la universidad lee esto

Al mismo tiempo que empecé a estudiar economía en la universidad, empecé a vivir en uno de los barrios más hippies de Valencia. Cuando una se muda de ciudad tiene que tener claro que hay ciertas preguntas que va a tener que contestar muchas -muchas- veces. En mi caso esa pregunta era sin lugar a dudas: ¿y tú qué estudias? Mi respuesta siempre era la misma, pero la cara de las personas con las que interactuaba nunca era de interés; generalmente era de sorpresa y/o decepción. Como mucho asomaba algo de curiosidad en los ojos de mis interlocutores.

Una parte de mí, a la que le gusta generar confusión, estaba extremadamente satisfecha. La otra, la dubitativa que quiere la aprobación de su comunidad, se planteaba si de verdad merecía la pena lo que estaba estudiando. Al final, conforme han ido pasando los años, tengo la misma respuesta para esta cuestión que para el resto:

No hay respuesta correcta. No puedo saber qué habría pasado de estudiar otra cosa. Lo único que puedo hacer si no me siento a gusto con la decisión que tomé es hacer algo con la situación actual. Ni rumiar, ni pensar en «y-sis».

Todavía me pregunto cómo asumí como ciertas la mayoría de las cosas que me decían en la universidad. Especialmente en Macroeconomía y Microeconomía. Tantas teorías y suposiciones me tragué sin cuestionar, con la supuesta justificación de que «es lo mejor que podemos hacer para representar la realidad, porque la realidad es complicada». También ronda por mi cabeza aquello que dijo mi profesor de Microeconometría en el Máster: «si no puedes proponer algo mejor, no critiques». En aquel momento, asentí, fascinada, ante la rotundidad de tal sentencia. Ahora mismo pienso que le respondería que la crítica puede suponer (y generalmente supone, yo diría) una mejora en la práctica.

No estoy diciendo necesariamente que todo sea falso, ni que todo esté mal, ni que yo sepa más que nadie. De hecho, lo que es estoy diciendo, o queriendo decir al menos, es que lo que es una suposición de debe presentar como tal. Se debe presentar como tal porque donde cabe un modelo basado en x supuestos, caben dos y tres y cuatro. Hacerlo de otra manera es engañar. En la universidad, hasta donde yo he visto, solo cabe uno.

¿Cómo puede una pasar por la carrera de Economía sin que le enseñen psicología o sociología? ¿Por qué no se habló jamás del comunismo, por qué no se habló de la meritocracia? ¿Por qué no nos hablaron nunca de la economía del comportamiento, o de economía social o colaborativa? ¿Por qué se dan asignaturas como Econometría con programas informáticos que jamás se utilizarán ni el mundo académico ni en el laboral? ¿Por qué 1/3 de las asignaturas eran adaptaciones de las asignaturas de Administración y Dirección de Empresas sin apenas contenido? ¿Qué tipo de economistas estamos formando?

Salí de la carrera con un gran «y ahora qué» que no sabía interpretar muy bien. Ahora tengo claro que ese «y ahora qué» era mi manera de expresar la sensación de que podría haber hecho mucho más esos cuatro años (casi cinco). No me arrepiento, porque en esa etapa crecí mucho personalmente y aprendí otras miles de cosas que agradezco infinitamente a día de hoy. Sin embargo, si vas a empezar a estudiar en la universidad tengo un par de sugerencias para ti:

1. Elige bien la carrera
Mira cuáles son las asignaturas y qué profesores tendrás. Si te vas a meter al Grado de Economía y cada año te encasquetan una de contabilidad huye. Te están engañando. Mira las guías docentes. Exige que se te expongan todas las posibilidades, porque vas a entrar en un nuevo campo de conocimiento y no necesariamente te encontrarás con profesores que estén especializados en eso de lo que te van a hablar. La idealización es igual de mala en las parejas románticoeróticofestivas que en la universidad. Como mínimo, si estás en un sitio para que te enseñen cosas, que te enseñen cosas. Parte de la responsabilidad es tuya ahí.

2. Tómatelo en serio
Ojo con esto. Mi «tómatelo en serio» no significa «hinca bien los codos y saca dieces todo el rato». Más bien significa que lo cuestiones todo, no por molestar, ni por hacerte el interesante, ni por destacar, ni por rebeldía. Cuestiónalo todo porque todo es cuestionable. Cuestiónalo todo por acercarte al saber. Jamás entres a un aula pensando que te van a explicar cómo funciona el mundo de verdad. Nadie sabe cómo funciona el mundo «de verdad». Todos tenemos nuestra idea y todos estamos intentando validarla día a día. Tus profesores también. «Tómatelo en serio» básicamente significa «implícate». Ve un poco más allá. Te lo agradecerás a ti mismo en unos años.

3. Hazte responsable de tu educación
Esta es definitivamente la más importante. Una sociedad que infantiliza hace a los ciudadanos (especialmente a los jóvenes) víctimas de sí mismos. Hoy día la universidad, en muchas ocasiones, es un mero trámite. Métete en internet, hazte un blog sobre esa parte que más te interesa (o crees que te interesa) de tu campo. Haz un post cada semana y exponte a la crítica. Esta es una de las maneras de aprender más efectivas que existen. Juega con el conocimiento e invierte tiempo en tu desarrollo personal. Para ser responsable de su educación uno debe tener claro que se va a equivocar muchas veces, y de que van a cuestionar ideas, métodos, teorías, planteamientos con los que tú estás experimentando. No te hundas si te lo tiran atrás o al suelo, no te critican a ti. Digo esto en esta sección porque hacernos responsables de nuestra educación una vez o durante unos meses es fácil. Lo difícil es, como con todo, mantener la constancia y la motivación. Para eso hace falta mucho desarrollo personal. No te lo van a proporcionar en la universidad porque forma parte del pack que la meritocracia premia como distintivo, cuando debería ser un básico para todos. Aunque bueno, esta es una cuestión que da para otra entrada.

El saber es lo mejor que hay en mi vida y la curiosidad es la cosa que más me calma. No dejes que la universidad, ni «el conocimiento formal», ni ningún catedrático en lo que sea te arruine ninguna de esas cosas. Atesóralas y vive a partir de ellas.

Dar la vida por hecho

File:RobertFuddBewusstsein17Jh.png
Representación de la conciencia del siglo XVII por Robert Fludd, un médico inglés paracelso

No siempre he estado viviendo conscientemente. Ni siquiera ahora puedo afirmar que yo estoy ‘siendo yo’ durante la mayor parte del día (sea «ser yo» lo que quiera que sea). Y teniendo en cuenta, querido lector, que tú y yo formamos parte de la misma especie, probablemente tampoco puedas afirmar tal cosa. Aunque creas que sí. Esa creencia también forma parte de la ilusión de la consciencia. No lo digo yo; lo dice la ciencia. El profesor Morsella y sus colegas explican -y desmontan- la consciencia muy amenamente en este artículo.

Hace unos años mi existencia se resumía a ser mis pensamientos. Lo que yo pensaba, lo que yo creía, lo que a mí me parecía bien y lo que a mí me parecía mal ocupaba prácticamente todo mi día. Mi vida era como un feed de Twitter conmigo misma. De hecho, en los peores casos -cuando mi supuesta identidad se veía amenazada- retuiteaba tanto algunos de mis propios tuits que durante semanas o meses no había espacio para otros 280 caracteres. El ‘monotemismo’, la ‘rumiación’. Sin embargo, yo pensaba que estaba haciendo lo que debía hacer: pensar, ser una persona que reflexiona sobre sus acciones, sobre lo que dice y sobre lo que hacen los demás. Pero ese tipo de viaje es tramposo.

Todo pasa por el texto, como diría Derrida. Y al pasar por el texto las cosas pierden su naturaleza inicial. Solo en la punta de la lengua las ideas conservan todos sus matices y complejidades. Una vez que las exponemos volvemos a ser monos y hacer fuego con piedras. Y está bien. Quiero decir, no pasa nada. Es parte de la naturaleza del ser y de la comunicación. No vengo a pelearme con lo que es, vengo a reconciliarme con ello y reconocer los sesgos que me mantienen fuera de mí.

Salir de una misma a través del pensamiento es igual de complejo que vivir dentro de él. Así que, para conseguir salir de mí a través de la acción, cada domingo desde hace ya unos meses, voy a repartir comida a unas 50-60 personas en situación de calle. En las últimas paradas tengo la costumbre de quedarme entre media y una hora hablando con algunos de ellos. El patrón se repite: las primeras veces apenas te dirigen la palabra, poco a poco vais cogiendo confianza y ya te empiezan a contar las historias de sus vidas. Y es aquí donde dejo de dar mi vida por hecho. Donde dejo de asumir que todo lo que tengo me lo merezco y que lo tendré siempre. ¿Cómo hubiera actuado yo de haber pasado por las circunstancias por las que pasó esta persona? Parece bastante capaz, ¿lo habría hecho yo mejor?

La única respuesta aceptable es un «no lo sé». No lo sabemos. Pero vivimos en la ilusión de que sí. De que nos merecemos la vida que tenemos y damos la vida por hecho. La nuestra y la de los demás. Quizás hay que darle una vuelta a esto, pero más desde la acción que desde el pensamiento.

Amar es necesario para madurar como ser humano

Hace un par de días estuve devorando el audiolibro «The Courage to be Happy» (no sé cuál es el título en castellano, pero la traducción es «El coraje de ser feliz»), que es la segunda parte de «The Courage to be Disliked» (la versión en castellano de este es «Atrévete a no gustar»). Los autores son Ichiro Kishimi y Fumitake Koga y los dos libros toman la forma de un diálogo entre un joven y un filósofo. El joven va a su consulta en busca de respuestas porque está perdido. Alguien le dijo que este filósofo las tenía y el joven, que no podía más con su vida, decidió que esta era la última oportunidad que le daba a la vida. Si este no le daba una respuesta convincente dejaría de intentar tener una vida plena. En este primer libro se nos introduce a la filosofía de vida desarrollada por Alfred Adler1.

Hay varias cosas que me llaman poderosamente la atención de este libro. La primera es cómo explica conceptos como el amor y el respeto partiendo de la idea de que ninguna de estas dos cosas pueden ser forzadas (repasaremos los dos conceptos más abajo). La segunda es la idea de que cualquiera puede dar un paso hacia la felicidad ahora mismo, pero que para eso hay que tomar la decisión más difícil de todas: comprometerse a verlo todo desde el amor.

El joven, que después del primer libro recuperó la fe en la vida, dejó su trabajo de bibliotecario y se convirtió en educador, utilizando la filosofía de Adler en sus clases. En uno de los diálogos, cuando el filósofo le dijo que para crecer como ser humano debía verlo todo desde el amor y desde el respeto, a lo que el joven contesta que amar es demasiado fácil como para que ese sea el requisito para crecer.

¿Es amar fácil o difícil? ¿Por qué es necesario querer para madurar?

Para responder a estas preguntas es necesario empezar por los conceptos de «sentimiento de inferioridad» y «separación de tareas«. Según Adler todos empezamos nuestras vidas con sentimientos de inferioridad, dado que al nacer estamos todavía incompletos y por eso somos absolutamente dependientes de las personas que nos cuidan. También es importante el hecho de que solo en los seres humanos el desarrollo mental y físico va desacompasado. Es común que los cuidadores se centren más en las necesidades físicas de los bebés que en las mentales, lo cual podría influir en esa relación de dependencia.

Por otra parte tenemos la separación de tareas, que no es más que hacer consciente qué es tu tarea y cuál es la tarea del otro. La mejor manera de identificar de quién es tal tarea es pensar en quién va a recibir el resultado de la acción. Por ejemplo, la educación de un niño es tarea del niño, porque es el que va a recibir el resultado de la acción. Esto no quiere decir en ningún momento que no podamos hacer de guías, en el camino, lo único que quiere decir es que tendremos que actuar empáticamente con el niño. O sea, poniéndonos en su piel y haciendo un esfuerzo consciente para a entender las preocupaciones del niño para adaptarlas como nuestras e intentando desechar lo que nosotros creamos que le tiene que preocupar de la ecuación. La separación de tareas es necesaria para reducir la dependencia y, por lo tanto, reducir al máximo posible nuestro posible sentimiento de inferioridad. Junto a la empatía entra el respeto. Respetar, según Erich Fromm («El arte de amar») implica ver al otro como es, sin manipulaciones ni condiciones. Para esto hemos de hacer conscientes nuestras creencias sobre la otra persona. No se puede querer a alguien si no se le respeta. Así, si no es bajo estas condiciones no estamos hablando del mismo tipo de amor.

El joven, hablando del respeto y del amor, le espetó al filósofo que cómo iba él a querer a nadie si nadie le quería, cómo iba él a respetar a nadie si nadie le respetaba a él. «Si me quisieran y me respetaran mi vida sería muy distinta». Para dar luz al conflicto interno del joven el filósofo utilizó la metáfora de la bola: solo puede recibir la bola si la tiras hacia la pared, pero nunca la recibirás si le gritas a la pared «¡dame la bola!». Te quedarás afónico, y pensarás que el mundo es injusto por no hacer que el muro te dé la bola. Solo si lanzas la bola cabe la posibilidad de que vuelva. Si no la lanzas, olvídate. Vas a estar esperando un imposible.

El siguiente paso es entender que el amor es algo que construimos con conciencia y compromiso. Adler presenta el amor como una elección. Y, además, como la elección más difícil, pero la más valiosa también. Esto se contrapone dramáticamente a la idea de amor romántico del hada madrina que te toca y hace que caigas rendido a los pies de tu pareja para siempre2. Aquí me pareció, al escuchar el libro, que había algún tipo de contradicción: si el amor no se puede forzar… ¿Cómo puede ser que sea una elección? Lo que entendí después de darle un par de vueltas es que quizás se refería al hecho de que no se puede forzar en los demás, y que una elección no tiene por qué ser algo forzado, sino algo que se elige desde la libertad de poder decir que no cuando una quiera.

Amar, más que difícil, yo diría que es complejo. No por la otra persona(s), no por las cosas del querer en sí, sino porque es lo único que nos libera de nosotras mismas y de nuestros miedos. Por eso el amor puede dar miedo. Por eso, quizás, hay tanta gente protegiéndose para evitar querer. Porque querer requiere valor, más valor que herir y más valor que odiar. Una no siempre está preparada para enfrentarse a sus miedos. Yo, personalmente, voy poco a poco. Uno a uno. Y no siempre tengo suerte. Pero para mí es el único camino. Querer (ya sea a tu vecino, a tus amigas, a tu familia y/o a tu pareja) es una de las cosas que mejor consiguen sacarnos del «yo». Y por esto mismo amar es tan necesario para madurar también. Porque cambia el tema de la vida.

¿Qué quiere decir que cambia el tema de la vida? Desde que nacemos todo es algo así como «yo, yo, yo», pero cuando el amor entra en escena, el amor de verdad, el del compromiso consciente con la felicidad propia y de la otra parte, es cuando el ‘enmimismamiento’ y se convierte en «nosotros, nosotros, nosotros». (Esto cabe en las relaciones románticas, en las de amistad, incluso entre la relación entre dos desconocidos, o la relación de una misma con la sociedad).

¿Eso significa que la felicidad viene con la distancia de una misma con respecto a una misma? Como dice Nick Keomahavong, el monje budista youtuber al que me gusta escuchar cuando estoy nublada mentalmente: «uno no puede ver el río si está dentro de él». Y no solo no puede ver el río, sino que correrá peligro de muerte si hay una corriente fuerte, o si se cayera una rama dentro del cauce. No sé si la felicidad viene con el distanciamiento de una misma, lo que sí que sé es que, al menos en mi experiencia, ese espacio da la capacidad de ver con claridad. Si algo lleva a la felicidad debe ser eso. Desde la identificación con la historia (esto es, dentro del río) solo vemos nuestro discurso y 3 o 4 piedras más. Desde arriba (o desde fuera del cauce) una puede ver la montaña, los árboles e incluso si viene algún depredador de verdad.

1. Intento ser bastante cuidadosa sobre lo que se puede tratar como terapia y lo que no. Para mí sí que tiene elementos que me funcionan a modo de terapia. Pero, como bien se dice en el segundo libro, la teoría que desarrolló este médico tiene más que ver con la filosofía que con la psicología como ciencia.
2. Mi opinión es que el amor romántico como lo conocemos hoy es simplemente un producto de la dependencia emocional, pero bueno, esto da para otra entrada.

Historias de la calle II

Desde el último post de esta serie, que escribí hace unas semanas he salido a repartir comida a personas en situación de calle tres veces más. Cada domingo, a eso de las cinco y media de la tarde nos congregamos en el Centro Arrupe de Valencia decenas de personas -la mayoría de ellas de la Asociación Amigos de la Calle, para cargar la comida en los coches y salir a hacer nuestras respectivas rutas. Habrá como un total de 10 rutas, aproximadamente, que cubren las principales zonas/avenidas de esta ciudad.

Camada de ‘perretes’ dentro de la tienda de campaña de Lazlo, una persona que vive debajo de un puente

La primera vez fui sola. Después de esa experiencia, le pregunté a mi compañero de piso -y mejor amigo desde los 3 años- si le apetecería venir conmigo. Accedió. Desde entonces vamos los dos, mano a mano. A veces con ayuda, a veces solos. Hacer esto siempre está bien, pero hacerlo acompañada con alguien a quien quiero tanto es un privilegio absoluto.

Entre parada y parada hablamos de lo que nos vamos encontrando, incluso intentamos darle una forma, un sentido más profundo, a por qué estamos haciendo esto. Yo soy una persona que piensa mucho. Desde que era adolescente no he dejado de pensar en términos abstractos, debatir sobre política, intentar separar lo que ‘está bien’ de lo que ‘está mal’ y este tipo de cosas. Aunque es un ejercicio intelectual muy interesante, hace no mucho me paré en seco y pensé: ¿en qué se está traduciendo esto? ¿Esta preocupación por los fallos del sistema, por mi bienestar y el de los demás se está reflejando de alguna manera en mi realidad? ¿Qué estoy haciendo? ¿Quiero hacer más? ¿Cómo podría hacer más?

Y así empezó esto. No es muchísimo, pero es mejor que nada. He hecho un perfil de Instagram («@historiasdlacalle«) en el que cada domingo iremos retransmitiendo lo que podamos de las rutas. También les he preguntado a varios de los sin techo a los que servimos si les importaría que les hiciera unas cuantas preguntas y les grabara. Dos han accedido de momento. José, un portugués que vive, literalmente, en el estadio de fútbol del Valencia F.C. (el Mestalla) y Tomás, un cubano que lleva viviendo en la calle desde 2002. Habrá más noticias sobre esto en un par de semanas.

En la vida se aprende de otra manera. Se aprenden cosas que no se ven en los libros y que, ciertamente, no aprendemos ni en la educación reglada ni en nuestros grupos de amigos. Los libros son un ejercicio teórico y en la educación reglada, por más diversa que sea, en general tendemos a interactuar con personas que son muy parecidas a nosotros. Entornos socioeconómicos parecidos, edades parecidas, gustos y preferencias acotados relativamente diversos, pero generalmente dentro de un rango no demasiado amplio. Lo mismo sucede con nuestros círculos de amigos. Es una bendición que podamos elegir con quiénes interactuamos, yo también lo hago porque es, en parte, necesario. Pero también es un arma de doble filo. Entre esta capacidad de selección en la ‘vida real’ y los algoritmos que refuerzan el tipo de contenido/ideas que consumimos en la vida ‘online‘ es extremadamente fácil que se nos olvide cómo interactuar con personas que se salen de nuestro rango mental de ‘lo posible’, aunque mentalmente sepamos que existen.

¿Qué es lo más importante que hemos aprendido hasta ahora?

Esto lo he dicho alguna que otra vez ya: no es lo mismo conocer algo intelectualmente que saberlo porque se ha tratado con esa realidad. En nuestro afán de simplificar la realidad para poder analizarla nos quedamos siempre a medio camino entre lo que es y lo que es… analizable. Si en esa distancia no hubiera vidas, personas, animales que sufren, no tendría ningún problema. Pero las hay, por eso cada vez a mí personalmente me gusta menos hablar en términos de grandes grupos: la sociedad, los pobres, los ricos. ¿Qué es la sociedad, quiénes son los pobres, quiénes son los ricos? Para la estadística un porcentaje muy bajo es despreciable y un margen de error siempre está disponible. Y en qué términos marcamos los debates y nos expresamos es importante, porque esos son los elementos con lo que vamos a crear nuestro universo mental, sin siquiera ser conscientes. Y actuamos considerando esa realidad mental, la que pasa por nuestro filtro y no la realidad objetiva, si es que está a nuestro alcance, que ya es mucho suponer.

  • La gente en situación de calle no es un grupo homogéneo: esta es una de las cosas que ya creía que sabía intelectualmente, pero que en realidad no sabía, porque no lo había visto. Y eso que no he visto casi nada. Entre las personas en situación de calle hay españoles, como Manolo, un hombre que no habla demasiado y que parece que todavía está en shock porque acaba de quedarse en la calle. Hay inmigrantes de otros países como Paco, que es búlgaro, y que siempre nos recibe con su carro lleno de chatarra y su sonrisa seguida de un «aquí estamos, bien». Tomás, un hombre con una mentalidad de hierro, que se cuida a niveles extremos, tanto mental como físicamente. Hay mujeres, como una chica rumana que acaba de llegar, con diabetes tipo 2. Se le están acabando las pastillas, no tiene medidor de azúcar en sangre. Acaba de llegar, por eso no tiene suficiente ropa. Al parecer también tiene otra enfermedad que hace que le pique todo el cuerpo. Hay personas más jóvenes, como Jesús, un chaval de veintipocos años, que venía de un país latinoamericano y que había llegado aquí engañado, pensando que tenía un trabajo y no fue así. Y personas más mayores, como Conchi, de la que os hablé en el post anterior de esta serie.

  • No solo tú les puedes tener miedo, ellos también lo tienen: no es la primera vez que durante la ruta les escuchamos decir que alguien les ha robado ropa, o comida, o lo que sea. Antes de meterme en este proyecto era yo la que iba con miedo cuando al acercarse la noche tenía que pasar por algún sitio por el que sabía que había personas durmiendo en la calle. Ahora sé que este miedo es compartido. Eso no quiere decir en ningún momento que vaya a dejar de tener miedo. Eso no creo que pase, pero como mínimo entenderé que ellos también lo tienen, que ellos también tienen cosas que perder y que el derecho a reaccionar por miedo o sensación de indefensión, no es solo ‘nuestro’. Imagina dormir en la calle con miedo a que te abran la cabeza con una barra de metal, como pasó en mayo de 2020 en Barcelona.

Otra de las cosas que me llama poderosamente la atención es la salud mental de estas personas. Aquí también hay de todo. Algunos de ellos, incluso, consigue tener la cabeza más ‘en su sitio’ que otras personas de mi entorno y que yo misma. Pero para poder seguir escribiendo más sobre esto lo único que puedo hacer es seguir acercándome a ellos.

Un abrazo y gracias por leer esto. Os deseo lo mejor.

‘Got Talent’ y la creencia común sobre la meritocracia

Alguien sale al escenario. Hace algo que requiere de un enorme talento y constancia, sacrificio, entrenamiento y repetición. El público se sorprende, la mandíbula de los miembros del jurado se empieza a desencajar. Todo el mundo se convierte, básicamente, en este meme:

TordTom Sin | Surprised face meme, Meme faces, Surprise face

Las cosas que nos sorprenden dicen mucho de nosotros, individualmente y como sociedad, porque nos parecen raras. Son cosas que no solemos ver y que, además, nos parece poco probables que sucedan. Así, si nos fijamos en las cosas que nos provocan esa sensación nos daremos cuenta de las cosas que nos parecen raras. Y aunque esto pueda parecer absurdo en un primer momento, me parece que puede ser una herramienta bastante útil para entender un poco mejor a la sociedad en este sentido. Cosa que me parece extremadamente difícil, si es que es posible.

¿De qué sorprende realmente el público, entonces? ¿Qué nos está pareciendo raro como sociedad? ¿Acaso no sabemos ya que el talento y el trabajo duro nunca es suficiente? ¿Que el apoyo de la familia y el entorno es crucial y que no los elegimos? ¿Acaso no sabemos que el país en el que naces determina drásticamente que va a ser de tu vida, y que este tampoco lo elegimos? Podría ser que esta fuera una de esas áreas en las que creemos que sabemos una cosa, pero nuestro comportamiento nos dice algo distinto. Aquí cabe un matiz tan interesante como importante: la sabiduría viene cuando una idea teórica es aterrizada y aplicada por la persona que la ha interiorizado. Mientras que una idea se queda única y exclusivamente en el reino de las ideas es conocimiento.

Pero no nos desviemos del tema principal: si tuviéramos realmente interiorizado que hay miles, si no millones de personas, completamente anónimas que por su talento y esfuerzo deberían haber ‘triunfado’ ya y no lo han hecho porque la realidad actual no lo permite, ‘Got Talent’ nos sorprendería tanto y, por lo tanto, no tendría el éxito que tiene.

Esto me recuerda a cuando hablo de la muerte con personas cercanas a mí. La conversación empieza con la idea de que no vivimos siendo conscientes de que podríamos morir mañana. No digo que debiéramos vivir así. Cada una que haga y viva a su manera. Pero me sorprende que muchas veces la respuesta que obtengo es que mis interlocutores saben perfectamente que podrían morir mañana. La conversación sigue tal que así:

«Vale. Ahora, ¿si te dijeran que vas a morir la semana que viene te comportarías igual el tiempo que te queda?»

… Silencio.

«No. Claro que no. Haría las cosas que siempre he querido hacer, me despediría de los míos. Yo qué sé, evidentemente haría otras muchas cosas».

Esta es la típica «cosa» que creemos que sabemos, pero que simplemente conocemos intelectualmente. El ejercicio de observar lo que es nos puede dar más información de la que pensamos. Lo que ‘Got Talent’ nos enseña sobre la meritocracia es que creemos que existe, porque nuestro comportamiento así lo señala, aunque «sepamos» en lo más profundo de nuestro ser que no es así.

Las 5 claves para aprender a comunicar

No te elevas al nivel de tus expectativas, caes al nivel de tu entrenamiento.

Archilochus
Dibujo de @gapinvoid

¿Quién no se ha visto en la situación de tener algo que contar y no saber cómo hacerlo para llegar a transmitir ese mensaje clave? ¿Quién no ha sentido miedo de hablar en público por lo que pudieran pensar los demás? Pensamientos como «qué van a pensar de mí», «seguro que me equivoco», «es que no sé lo suficiente», «quién soy yo para estar hablando de esto» se meten en nuestra cabeza sin que nadie, absolutamente nadie, los haya invitado.

Estos últimos meses he estado haciendo un trabajo de introspección interesante y profundo. No ha sido fácil, porque al principio simplemente parece que te estés tirando piedras a tu propio tejado. Obviamente, si queremos ser parte de la solución tenemos que ser parte del problema. Pero este es solo el primer estadio, a partir de aquí todo mejora.

Una de las áreas en las que siempre he querido ser buena y nunca he tenido la creencia de serlo es en la comunicación. Así que, cuando encontré la fuerza, me dediqué a investigar de dónde podrían venir estas ideas. Las buenas preguntas llevan a las buenas respuestas. Así que me planteé: ¿qué estoy creyendo para tener la certeza de que no puedo comunicar bien? ¿Qué experiencias he tenido que reafirman esta idea?

Empecé con el podcast de ‘Storytelling estratégico‘. En él dan tips para comunicar y llegar mejor: el poder de las historias, los componentes claves para comunicar de una manera efectiva y todas estas cosas. Pero sentía que algo que no acababa de encajar. Como que había algo más profundo que no acababa de entender y que era más importante que todo eso. Si he estado hablando toda mi vida, ¿por qué me cuesta tanto -o creo que me cuesta tanto- comunicar?

En el proceso, Ali Abdaal (médico por la Universidad de Cambridge y YouTuber a tiempo parcial con más de 1 millón de suscriptores) compartió una sesión de ‘Ultraspeaking‘ con Michael Gendler y Tritan de Montebello. Al escucharles hablar sobre su método algo hizo click en mi cabeza. Su trabajo se basa en la confianza en uno mismo como la clave básica de la comunicación y la repetición y la exposición como herramienta para ganar esa confianza. Lo que va en línea con lo que estoy entendiendo cada día más y mejor. Si no haces, no aprendes. Y ya está. No hay más.

Luego se puede decorar la tarta como queramos, pero si no hay base no hay nada que decorar. Uno de mis fallos siempre ha sido intentar construir la casa por el tejado. Eso es, preocuparme más de la forma que del contenido, sin entender que la forma necesaria se va haciendo obvia cuando hay contenido que modificar, y cuando hay fallo. El fallo no aparece si no hay acción. «Obvio», estarás pensando. Ya, bueno, yo también pensaba que era obvio, hasta que me di cuenta de que si no estaba aplicando ninguna de esas cosas tan obvias en mi vida es que, quizás, tan obvias no eran. «Ya lo sé» es la frase perfecta para quedarte donde estás.

Los 5 principios del ‘Ultraspeaking’

  1. El enemigo de comunicar es pensar sobre comunicar
    Tendemos a olvidar que hablar es un proceso natural del subconsciente. Cuando estamos contando una historia a nuestros amigos más cercanos no nos preocupamos de sonar inteligentes o de parecer preparados. Te sientes en estado de flow y parece que el tiempo pasa volando. Ahora, cambia este amigo por una sala con cientos de personas esperando a que empieces a contar tu historia y, de repente, todo cambia. El corazón se te acelera, y «la voz» entra en acción. «La voz» empieza a juzgar todas y cada una de las palabras que dices y vas a decir. Empiezas a temblar. No lo sabes, pero mucha de la energía que necesitarás para comunicar se está desviando a ese proceso mental.

    Hablar es un proceso natural, orgánicamente orquestado para que las palabras, la energía corporal y los gestos se sincronicen en una máquina bien engrasada. Muchos de los recursos que se ofrecen en internet van en la línea de dar tips, tips y más tips. Pero, por contraintuitivo que parezca, estos consejos solo rompen la máquina, solo hacen que «la voz» sea más fuerte: ¿estoy haciendo buen contacto visual? ¿mis gestos son demasiado exagerados? ¿mi expresión facial es la correcta? Quizás, el primer paso para comunicarnos mejor sea salir de nuestra cabeza y centrarnos en aportar a los demás, en dar (ese mensaje que tanto quieres dar). Quizás debamos aprender a hablar antes de pensar.

  2. Usa la función de autocompletar de tu cerebro
    La función de autocompletar de Google es fascinante. Y, aunque al principio parezca poco precisa, cuantas más palabras y contexto metemos, más precisas se vuelven las recomendaciones. Tu cerebro va a buscar darle coherencia a cualquier cosa, así que podríamos decir que también funciona como la función de autocompletar de Google, especialmente bajo presión.

    Imagina que en una entrevista de trabajo en la que (crees) que te lo juegas todo te preguntan cómo enfrentas el conflicto. Hay dos opciones: o te quedas en blanco o los pensamientos pasan por tu cabeza como si fuera eso un circuito de Fórmula 1. La manera de activar la función de autocompletar sería empezar con cómo sería la respuesta ideal, incluso aunque no sepas qué vendrá después. Dos cosas pasan:
    – Le estás dando a tu cerebro instrucciones sobre la información que tiene que buscar. Así tu cerebro obtendrá mejores respuestas.
    – Le estás dejando claro a tu cerebro que no hay vuelta atrás.

    Eso sí, la parte más difícil de esto es que tenemos que confiar en nuestro cerebro. Dado que nuestro sistema educativo, en general, nos enseña a todo menos a confiar en nuestras habilidades, para adquirir esta confianza tendremos que trabajarlo. En Ultraspeaking.com tienen formaciones con juegos de cartas para que nos acostumbremos a la presión. No os voy a mentir, son caras y yo no he hecho ninguna. Pero me he forzado a mí misma a ponerme en esas situaciones de presión y a utilizar esta estrategia y puedo decir que me funciona.

  3. Refuerza la única mentalidad que merece la pena
    «Owning it». Una verdad hay, cuando fallamos no fallamos porque no sepamos lo suficiente, sino porque no creemos en nosotros mismos lo suficiente. En realidad, cuando crees en ti no fallas. Aunque lo que quería hacer no lo consiguieras en ese momento, o no al menos de la manera en la que lo querías conseguir, no lo verás como un fallo. Porque no se trata de ti. Casi nunca se trata de ti, aunque así lo parezca cuando estamos turbios mentalmente.

    Pocas veces le he prestado la suficiente atención a mi estado mental antes de hablar. Pocas veces me he planteado por qué quiero hablar y cuál es mi objetivo antes de empezar a hacerlo. Y esa es la manera más acertada siempre de empezar a hacer lo que sea. Comunicar no se escapa. Como en la vida, cuando estamos tratando de comunicar hay muchas no, muchísimas, cosas que se pueden escapar de nuestro control. Que te hundan o que las utilices a tu favor depende de qué filtro, qué gafas, lleves puestas.

  4. Comunica como si estuvieras jugando a los bolos
    De la misma manera que cuando alguien juega a los bolos todo está determinado una vez que la bola se despega de sus manos, cuando comunicamos todo depende del impulso que te das a ti mismo. Puedes intentar cambiar la dirección de la bola con la mirada, como si tuvieras poderes mágicos. Pero no va a servir de nada.

    La energía con la que empiezas es la energía con la que continúas. Es el principio de la inercia. Es extremadamente raro ver a alguien que empieza con una energía baja subirla a mitad de la presentación (o lo que quiera que sea). De hecho, se vería forzado, poco natural. Por eso merece la pena dedicarse unos minutos a elegir cómo queremos entregar el mensaje. Porque el mensaje no lo es todo, el conocimiento no lo es todo. Y esta es una historia con la que personalmente tengo que lidiar mucho. Va en línea con el -miedo al- compromiso. ¿Y si me comprometo pero luego fallo? No pienses. Haz. Te lo dice alguien que piensa en exceso. Es un trabajo duro, pero es uno de los que merece la pena hacer.

  5. Nunca rompas el personaje
    Para no romper el personaje la única cosa que hace falta es confianza. Contrariamente a lo que solía pensar, la confianza no viene de la habilidad de aprender algo de memoria, viene de una certeza profunda en tu habilidad de recuperar de cualquier imprevisto que pueda surgir. Te puedes quedar en blanco, puedes equivocarte, se puede ir la luz de la sala. ¿Pero cómo te preparas para lo que no te esperas? Incorporándolo en tu práctica.

    La manera más habitual de preparar un discurso suele ser algo como: dos minutos recitando lo que tengo en el guion. «Hmm, esto no suena bien. ¿Qué tal si lo hago de esta manera?». Y vuelvo a empezar. «Uy, se me ha olvidado esto que es importante». Vuelvo a empezar. Aquí hay un problema, y es que nos estamos permitiendo hacer cosas en la práctica que no podremos hacer en «el gran momento». Esto que parece tan simple puede cambiar tu manera de comunicar. Como la canción de Ibai: «me desaparece la diapositiva: sigo. Olvido el punto más importante de la presentación: sigo. Pierdo la línea de lo que estaba diciendo: sigo». Toxicidad fuera, mala vibra fuera. La capacidad de recuperarse es la habilidad que puede darte esa confianza.

    Bonus track: la regla del final fuerte o «the peak-end rule«
    En 1993, un equipo de psicólogos investigadores publicaron un estudio que se llamaba «Cuando más dolor es preferido a un menor dolor: añadiendo un final mejor«. El estudio se basaba en un experimento en el que un grupo de personas sumergían la mano en agua dolorosamente fría. En una primera prueba tenían que meter la mano en agua a 14ºC durante sesenta segundos. En una segunda prueba, cada persona hizo lo mismo, pero después metieron la mano durante 30 segundos más en un cubo que contenía agua a 15ºC, todavía dolorosa pero sustancialmente menos para la mayoría de sujetos. Sorprendentemente para los investigadores, la mayoría de los sujetos prefirieron repetir la segunda prueba, aunque ello supusiera alargar la sensación de dolor. A esto se le llamó «the peak-end rule», o la regla del final fuerte, en castellano.

    En resumen: lo que el estudio parece sugerir es que no evaluamos la experiencia de la misma manera enteramente, sino que nos centramos en dos momentos clave para calificarla: el momento fuerte y el final de la experiencia. Esta regla es el reflejo de un sesgo cognitivo que impacta cómo las personas recuerdan y evalúan los eventos. Ser consciente de este sesgo puede suponer la diferencia entre una comunicación decente o una comunicación excelente. Yo misma me he observado acabando mis frases o mis presentaciones con un «bueno, no sé», casi sin darme cuenta.

    Acabar fuerte, acabar con confianza, incluso cuando no la sientas o creas que no tengas razones puede ser lo que te salve en más de una ocasión. Porque recuerda, nosotros solemos ser nuestros jueces más críticos. El talento y la habilidad no son prerrequisitos para tener confianza en uno mismo. Pero una mentalidad ganadora sin talento, habilidad y trabajo tampoco nos llevarán lejos. Ahora, es difícil ganar habilidades y/o crecer sin la mentalidad correcta que nos lleve ahí.

25 y las cosas que (me) importan

Siempre he tenido la necesidad de entender las grandes preguntas, pero pocas veces he sabido formularlas de la manera correcta. Podrá sonar cliché, pero sí, me interesa sobremanera de dónde venimos y a dónde vamos y cuál es el sentido de la vida -para mí, del sentido de la vida en general ya dejé de pensar hace tiempo.

He tardado en darme cuenta de que solo las preguntas bien formuladas llevan a las respuestas que nos interesan y con las que podemos hacer algo. El gran problema, creo que ya lo tengo identificado, ha sido intentar formular preguntas tan grandes como el problema que quería entender. «Ser una persona muy abstracta», lo llaman. Bueno, abstracta o divagadora profesional, you name it.

No, es más sencillo. Soy más sencilla. Las grandes cosas (donde está el supuesto sentido que he ido buscando) de la vida son más sencillas. Ya se vio en el estudio más largo sobre la felicidad:
1. Las relaciones interpresonales de calidad están estrechamente relacionadas con la felicidad.
2. La soledad mata
3. Aprender cómo afrontar el estrés tiene beneficios de por vida.

No parece excesivamente difícil, ¿no?

La vida es, efectivamente, corta. Nadie sabe lo que hay después de la muerte, si es que hay algo. Por eso me estoy dando tanta prisa en identificar qué es lo que de verdad importa para mí. Una cosa está clara: confundimos la felicidad con la anticipación de la felicidad. Y también confundimos la excitación por la novedad con la felicidad. Sobreestimamos lo felices que nos va a hacer tener un coche nuevo, o lo felices que vamos a ser cuando consigamos ese puesto de trabajo que tanto deseamos o esas vacaciones con la que llevamos soñando seis meses. A todos nos ha pasado. Eso no quiere decir que no se pueda disfrutar de lo nuevo, ni mucho menos. Tener metas, querer cosas, es una maravilla, pero disfrutar llegando a ellas es lo esencial, lo importante. «Journey before destination» («el viaje antes que el destino»), que decía Brandon Sanderson.

Mi visión de ‘la realidad’, mi universo mental, está completamente sesgada por mi interpretación de las cosas. Y mi interpretación de las cosas está hecha para que tenga coherencia con lo que ya había en mi mente antes. O sea, mi interpretación está, por definición, sesgada. Tan sesgada como la de los demás, de hecho. Es parte del ser humano. Ser consciente de ese sesgo es lo que más me está ayudando a poder entenderme a mí y entender al resto de personas que están a mi alrededor. Es decir, me ayuda a sentirme más unida, que es una necesidad básica que tenemos los humanos como ‘animalicos’ que somos.

No sé si es pronto o tarde para darse cuenta de estas cosas. De hecho, ni siquiera sé si estas son las cosas, los principios, por llamarlos de alguna manera, con lo que quiero vivir mi vida. De momento, parece que son los únicos que me han conseguido dar una estabilidad mental bastante considerable, especialmente en los tiempos que corren.

Por estos 25 no pido nada a nadie. Ya tengo mucho. Si acaso me pido a mí misma el compromiso de ser mejor, de ser más honesta y de vivir lo más tranquilamente posible conmigo misma, para disfrutar esa calma yo y poder dar esa calma a quien la necesite.

Tened un feliz día.
Marina Muñoz

Historias de la calle I

Foto cogida de la página de Facebook de Amigos de la Calle

Ayer fue mi primera vez en la Asociación Amigos de la Calle. Amigos de la Calle es una asociación de Valencia que tiene como objetivo dar comida y apoyo a personas que están en situación de calle o que tienen muy muy pocos recursos. La primera cosa que me ha llamado la atención es que había cientos de personas esperando su bolsa con comida. De hecho, las personas del turno de la mañana habían preparado más de 200 bolsas. En cuestión de 20-30 minutos todas tenían dueño.

Me sorprende más que me sorprenda que haya tantas personas en esta situación que el propio hecho de que las haya. Otra evidencia más de que los hacemos invisibles. Hablamos de la pobreza, nos compadecemos, pero luego les ignoramos. Había un ambiente tenso y los responsables pedían a los voluntarios que intentáramos mantener el orden. «El buen rollo es para los que tienen recursos», se me ha ocurrido pensar.

Después nos han dicho a unas cuantas personas que nos fuéramos a la parte de atrás, a una especie de asentamiento con decenas de tiendas de campañas unas al lado de otras. La mayoría de ellos nos reciben con una sonrisa en la cara. Vamos preguntando cuántas personas hay por tienda de campaña y vamos dejando las bolsas en la «puerta» si, por lo que sea, en el momento no se encuentran allí. A las que nos íbamos encontrando, les íbamos dando la comida. A las mujeres, además de la bolsa con alimentos, les dábamos un bolso ‘de salir’ con productos para la higiene femenina y otras cosas que pudieran necesitar. Todas lo agradecían mucho.

Especialmente Conchín. Nos ha recibido asomando su cabeza en su tienda de campaña. Es una tienda individual azul, de estas típicas de Quechua. Cubierta por una tela de plástico que le dieron la semana pasada. También había puesto una manta, para que no le entrara el frío por arriba. Cuando llegamos con los bolsos nos pide que le demos el grande, que el viernes era su cumpleaños. Decía que cumplía 26 al revés y que había estado pidiéndole a Dios un bolso durante 8 días. Quería que fuera grande, porque el único que tenía, en el que guardaba su documentación, se lo habían robado hace un mes. Le hemos preguntado si le gustaba. «Es el bolso de mis sueños», nos contestó.

Nos ha contado varias cosas sobre su vida. Que estaba llena de pérdidas. Desde los 13 a los 18 perdió a su madre y a sus hermanos. Y ahora estaba sola, pero decía que se tiene a sí misma. Celebramos juntas esa fuerza interior. Decía que Dios no la quiere porque si la quisiera se la hubiera llevado ya, pero que, a pesar de eso, seguía pidiéndole cosas. La semana pasada estaba delante de un supermecado, tenía mucha hambre, miró hacia el cielo y le pidió a Dios algo de comida. 10 minutos más tarde una chica se le acercó y le preguntó si quería comer y le compró lo que le pidió. Su última y más fuerte petición fue volver a andar. Llevaba una prótesis en el pie izquierdo debido a un accidente que tuvo hace 4 años, y que estaba muy contenta porque Dios le había devuelto la capacidad de andar.

No sé qué es, no sé de dónde sacan esa fuerza. Supongo que el ser humano se acostumbra a todo y ya está, pero esta capacidad se nos olvida cuando nos acomodamos en nuestra normalidad. En nuestra realidad. Cuántas cosas podríamos aprender si saliéramos un poco más de esos lugares en los que nos sentimos tan dueños de todo.

Conchín tampoco tiene dientes, pero nos ha dicho que le encanta el pan de leche con chocolate dentro, así que el domingo que viene le llevaremos un pan blando y le pondremos chocolate dentro. Le pondremos unas velas con un 26 al revés y celebraremos lo que tenemos todas en común: la vida.

PD: en memoria de Conchín, que falleció la madrugada del domingo del 11 de julio de 2021.

Conchín sentada en su sillón tomando el sol

Pasividad o permisividad

A veces, cuando estoy meditando y noto que me pica, por ejemplo, la planta del pie, trato de utilizar ese estímulo externo como una oportunidad para intentar dirigir mi atención hacia donde yo quiera cuando hay algo que me lo pone especialmente difícil y que, además, sería fácil de solucionar. Es mi manera de entrenar la no reactividad.

No es que haya una ley no escrita en la meditación que te impida moverte o rascarte si algo te molesta o te desconcentra. Es, simplemente, que me gusta verlo todo como un juego, experimentar conmigo misma y observar cómo reacciono: si soy capaz o no de superar este mini-reto y cómo me siento durante el proceso.

En el espacio entre el estímulo y la respuesta está la reacción. La reacción es la parte automática de la respuesta; muy útil en los momentos en los que nuestra vida corre peligro (imagínate ponerte a divagar cuando un coche está a punto de atropellarte, poco táctico), pero también muy poco inútil en los momentos en los que creemos que nuestra vida está en peligro, pero en realidad no lo está (como cuando un amigo te empieza a cantar La Macarena al oído gritándote sin haberte avisado antes). En el último caso tus pulsaciones van a subir repentinamente y todo tu cuerpo se va a poner en alerta, pero no te vas a morir, así que quizás darle un puñetazo en la cara a tu amigo no es la mejor opción (incluso si se lo merece).

Me he preguntado muchas veces hasta qué punto entrenar la no-reactividad puede implicar caer en la permisividad. Vamos, en dejar que todo el mundo te pise o te grite porque te guste hacer «la estrellita de mar intelectual». Me he pasado mucho tiempo de mi vida sin saber qué contestar cuando alguien me pregunta esto. Hoy creo que tengo un amago de respuesta que me apetecía compartir.

Hay una tendencia general a:
1. Confundir pasividad con permisividad.
2. Asociar siempre la respuesta a la agresividad.

Tendemos a ignorar la realidad de que ser tajante desde la calma no solo es posible, sino que es deseable, porque la calma (no todo en los casos, pero en muchos) tiende a no alimentar la reactividad del otro. Así, respecto al primer punto, es posible ser pasivo, calmado, sin ser permisivo. Como también se puede ser calmado y no saber (incluso ni siquiera querer) poner límite a los demás. Ser calmado en ningún momento implica decir que sí a todo. Recuerdo, de hecho, que siempre ha sido a los profesores/as duros, exigentes, pero tranquilos/as y seguros/as a los/las que más les he cogido cariño y de los/las que más he aprendido.

¿Y por qué tanta obsesión con la reactividad? ¿En serio es tan importante esto? Ser consciente e intentar controlar mi reactividad es clave para mí por estas razones, principalmente:

1. Me evita mucho sufrimiento. A mí y a la gente que está a mi alrededor. Pocas veces, por no decir ninguna, me he alegrado de mis impulsos reactivos/agresivos cuando me he sentido amenazada por lo que sea y sabía que mi vida no corría peligro.
2. Me ayuda a conocerme mejor. No todo el mundo reaccionamos de la misma manera a las cosas. Hay gente que ante un susto reacciona luchando, hay quien corre y hay quien se queda congelado dependiendo de qué y cómo le pase. Observar cuál es mi respuesta, dando espacio a otra cosa que no sea la reactividad agresiva, me permite observar con más claridad cuáles son, ya no mis actos, sino mis pensamientos automáticos, lo que me da información sobre mí misma que me es útil en otros contextos.
3. Me ayuda a ser más libre, a tener más poder de decisión. Esto es, a poder elegir qué tipo de persona quiero ser en cada situación vital.

Es un juego, un entrenamiento, una forma de acercarme con más curiosidad y menos juicio a mí misma.

Y hasta aquí la reflexión de hoy. Pasad muy buen domingo.

Procrear o no procrear, esa no es la cuestión

Hace unas semanas nos reunimos varios amigos del Erasmus. Fuimos a una encantadora casa en Cullera. Vistas al mar y brisa veraniega mientras recordábamos las locuras de ese año. Nos recibió mi amiga A. Qué alegría volver a verla. Arriba, en la terracita, nos esperaba su tío cocinando parte de la cena. Vamos a llamarle J, por ejemplo. Era hombre mayor, afable, con pinta de bonachón y espíritu joven. Conforme entrábamos en la noche la embriaguez empezaba a notarse cada vez más. Después de cenar seguimos recordando viejos momentos entre risas, entre baile y baile.

Me senté a los pies de la tumbona de una amiga mía mientras nos dedicábamos a observar los movimientos de J. Claramente perjudicado por las copas de más, empezó a soltar comentarios que se salían del tono tranquilo y jocoso que habíamos mantenido durante el resto de día. Era su casa, así que decidimos simplemente escuchar y esperar a que decidiera que era el momento de irse a la cama. Pero ese momento tardó en llegar mucho más de lo que esperábamos.

Se acercó a nosotras tambaleándose. Pensábamos que en cualquier momento se tropezaría con algo. A 20 centímetros de distancia, de pie y dirigiendo su mirada hacia nosotras lo dijo. Nos parecía casi imposible haber escuchado lo que habíamos escuchado, pero así fue. «Si no fuera porque sois amigas de mi sobrina…». Mi amiga y yo nos miramos a los ojos como diciendo: a ver cómo salimos de esta. Intentamos desviar su atención de nosotras y de la conversación. Así que dije: «bueno, a mí no me van mucho los hombres, así que estaría difícil de cualquiera de las maneras».

Boom.

Entramos en el infierno. Le cambió la cara. «¿Cómo?», me dijo. No creí que fuera a responder así. Intenté quitarle importancia: «bueno, eso, tampoco es para tanto». La conversación, no sé muy bien cómo, acabó en las consecuencias planetarias de que ni yo ni mi amiga tuviéramos instinto maternal. Yo dije que realmente mi preocupación ahora no era si tener hijos o no tenerlos, que procrear no era mi misión en la vida. Me insultó. Y yo me comí el insulto por no agravar la situación.

Hay razones por las que fomentar la natalidad en un país es una buena idea. La más importante es que el Estado se sustenta de la clase media. Y la clase media ha estado tradicionalmente formada por estructuras familiares que tienen qué perder. Es decir, ¿quién se va a quedar en el país cuando las cosas no vaya tan bien? No me voy a meter en los números, en si España se quedará vacía dentro de 50 años o en si seremos un país de nonagenarios antes de lo que pensamos. Y no lo voy a hacer porque simplemente no lo sabemos. Y precisamente porque nadie sabe cómo va a ser el mundo de aquí a 50 años deberíamos:

  1. Ser todos más humildes respecto a nuestra capacidad de predicción -esto es, en nuestras capacidades de establecer causalidades- sobre todo en temas socioeconómicos y más cuando el horizonte de predicción supera la cantidad de años que tienes ahora mismo.
  2. Poner las instituciones al servicio de los seres humanos y no los seres humanos en servicio de las instituciones.

Yendo más allá de si yo, Marina, debería tener hijos (creo que está bastante claro que la única que puede y debe decidir eso soy yo, pero entiendo que a veces todos nos perdemos en la vida de los demás. Es lo que tiene tener bastante tiempo libre) hay una idea que me parece clave: qué está al servicio de quién, o quién está al servicio de qué. Vamos, el punto 2. Partiendo desde el hecho de que no sabemos cómo serán las estructuras sociales ni las instituciones culturales tanto formales como informales de aquí a medio siglo tendría sentido movernos por el test del sufrimiento de Yuval Noah Harari: cuando nos perdamos en este mundo de organizaciones e instituciones cada vez más «humanas», flexibles y poderosas y no sepamos bien qué es lo verdaderamente importante preguntémonos qué parte es la que sufre. Los países no sufren y las empresas tampoco, pero las personas que hay dentro y detrás de esas entidades sí sufren. Y mucho.

Vamos a por un ejemplo de lo que quiero decir en el punto 2 asumiendo el punto 1. No sabemos qué va a pasar en 50-100 años. De la misma manera que mi abuelo cuando tenía 15 años no vio venir ni internet, ni los smartphones ni la fluidez del género, los ‘expertos’ de la época (que seríamos nosotros hoy) tampoco podemos imaginarnos qué va a venir -si es que va a venir algo- por mucho que nos queramos engañar. Nuestra cabeza no puede imaginarse lo que va a venir. Puede ser que si las mujeres empezamos a tener considerablemente menos hijos baje la tasa de natalidad, pero más allá de esto, decir que el país se va a ‘romper’ si yo, Marina, no tengo hijos, es poner al humano al servicio de la institución.

Es poner un sufrimiento de una cosa que solo existe porque todos aceptamos que existe (España) por encima del sufrimiento de una persona que experimenta ese sufrimiento y que puede no querer tener hijos por tres mil razones distintas, y todas están bien (incluyendo la razón de que no necesita razón para no querer tener hijos, esa también vale). A veces queremos ser tan buenas personas, que acabamos prestando más atención al bienestar de un no-proyecto de ser humano que ni siquiera es una idea en la cabeza de la mujer (porque recordemos, la mujer no quiere ser madre) que a la propia mujer.

Tendemos a infravalorar nuestra capacidad de adaptación tanto a nivel individual (mira el caso de Wim Hof) como a nivel institucional. Los cimientos de la vida social han cambiado drásticamente desde hace 60 años y el mundo no ha explotado y España sigue donde estaba. Y aunque nadie nos asegure que España, como la entendemos hoy, vaya a ser aquí dentro de 200 años la vida seguirá de la forma en la que tenga que seguir. No hay razones para pensar que no nos adaptaremos como sociedad a lo que venga. El problema es que intentar dirigir el «lo que venga» a solo lo que nos parece moralmente bueno y aceptable a nosotros causa dolor de verdad a personas de carne y hueso que quieren vivir su vida como les parece mejor (siempre y cuando ese «como quieran» no incluya matar ni hacer daño a nadie, está claro).

Soy testigo todos los días de conversaciones intensas y muy acaloradas sobre qué deberían hacer los demás. Raras veces veo al autor del tuit refiriéndose a sí mismo. Aquí, como en casi todo en la vida, también se aplica el famoso dicho de «Lo que dice Pedro de Juan dice más de Pedro que de Juan». A veces me parece que invertimos en las ideas como si fueran empresas y que esas empresas forman parte de nuestra identidad tanto y tan inconscientemente que pensamos que si quiebran moriremos.

Spoiler: no te vas a morir por esto.